- ¿Te puedo pedir una cosa?
- Claro, dime.
- No desaparezcas…
- Claro, dime.
- No desaparezcas…
Ambos se quedaron en silencio, mirándose por unos instantes, tratando de rozar sus pieles a través del frío cristal que les separaba…
- Te quiero… y tengo miedo, tengo miedo de perderte… porque está en tus manos, porque en cualquier momento tú…
- No me iré.
- No me iré.
- Tienes que jurármelo.
- No. –dijo fríamente.
- ¿Por… qué? –contestó, decepcionada.
- Porque no necesito jurar algo tan evidente. Te amo, te necesito, voy a estar contigo, siempre, porque no está en mis manos… quédate conmigo.
- No. –dijo fríamente.
- ¿Por… qué? –contestó, decepcionada.
- Porque no necesito jurar algo tan evidente. Te amo, te necesito, voy a estar contigo, siempre, porque no está en mis manos… quédate conmigo.